He decidido clausurar las puertas del resentimiento. Confieso que el odio ha perdido para mí su antiguo y estéril prestigio. Antes, quizás, podía justificarlo como una respuesta legítima ante las asperezas del mundo; hoy comprendo que dirigir esa energía hacia otro es un ejercicio de vanidad que solo nos desvía del centro. Nos perdemos en las ramas bifurcadas de la crítica, señalando condiciones ajenas o culpando a los fantasmas de turno, cuando en realidad estamos huyendo de la única conversación que importa-el Amor-. Ya no más. He colgado las armas de la queja.
Ayer, mientras me entregaba a una fábula moderna de estrellas y sables de luz —esa mitología contemporánea que a veces esconde verdades antiguas—, el maestro Yoda² pronunció una sentencia que bien podría haber sido susurrada en los márgenes de un texto hermético o en el patio de una biblioteca infinita:
El miedo es el camino al lado oscuro. El miedo lleva al enojo, el enojo al odio y el odio al sufrimiento.
Al escucharlo, comprendí que esta cadena no es lineal, sino circular; una carrera emocional que se muerde a sí misma la cola. Si el sufrimiento es la factura final que pagamos por haber aceptado el miedo como inquilino, entonces el dolor no nos llega desde fuera, sino que es una arquitectura que nosotros mismos levantamos, ladrillo a ladrillo, con nuestras propias emociones no gestionadas.
Por eso, ante el espectáculo del sufrimiento ajeno, la pregunta que me asalta no es nueva, sino la misma que me ha seguido los pasos y mis desvelos: ¿Qué puedo ofrecerle a aquel que ha llegado al centro del laberinto y ha perdido el hilo? ¿Qué palabra, qué gesto o qué verdad puede servir de refugio a quien ha agotado su capacidad de creer, para devolverle la luz que el mundo le ha opacado?
No se trata simplemente de invitarlo a creer en algo más. Sabemos que el mundo está lleno de tramposos. Hay almas honestas que se entregan con fervor a causas nobles, solo para descubrir que esas causas eran espejismos, envueltas en pseudo-filosofías que nos atrapan, nos desorientan y, finalmente, nos vacían. Creer en ídolos de barro o en doctrinas huecas es perderse en un mapa que no corresponde al territorio.
¿Qué podría decir, entonces? Yo, que soy solo un simple compositor, un tejedor de melodías que intenta ordenar el caos en pentagramas y programas digitales.
En el lenguaje de la música, que es anterior a la traición y más sincero que las palabras, fue donde encontré las respuestas. La música no miente; la música es un hilo conductor que nos guía de regreso. Y lo que hallé no fue un tratado complejo, sino una verdad simple, amorosa y desnuda. Una nota sostenida que resuena en el pecho:
Debes creer en vos. Creer en vos. Creer.
Porque cuando todas las verdades externas se desvanecen, cuando los ideales muestran su fragilidad y las promesas su falsedad, queda un último territorio inviolable: nosotros mismos. Creer en uno mismo no es arrogancia. Es quizás el acto más revolucionario y silencioso que podemos realizar. El acto de fe más puro y necesario. Es reconocer que, en el vasto laberinto de la existencia, nosotros somos a la vez la brújula y el caminante.